miércoles, 14 de septiembre de 2022

NO SOY VALIENTE, NI GUAPO


Por Javier Bleda

Con motivo de la entrevista que me hicieron en Diario16, publicada el 29/08/22, he recibido una cantidad considerable de mensajes llegados por diferentes medios en los que se me tilda de “valiente” por manifestar con crudeza información relativa al asesinato de Sandra Mozarowsky hace ya 45 años (por cierto que precisamente hoy,  14 de septiembre, fue cuando su corazón dejó de latir definitivamente, y también el de su bebé real).

No soy valiente por esto, tal vez sí pueda llegar a serlo por pretender que, a estas alturas de la vida, alguna mujer desorientada se fije en mí, pero no lo soy por llamar a las cosas por su nombre. El caso de la Mozarowsky, y de su hijo no nato, fue un doble asesinato, aunque a los, para mí, incomprensibles efectos legales, únicamente se hubiera tenido en cuenta la muerte de la madre por aquello de que para la ley registral si no has nacido no eres persona. 

No soy valiente por decir que el Estado de entonces, del que todavía siguen coleando sus cloacas, estuvo involucrado de una u otra manera en una operación de acoso a una menor de edad para forzarla a abortar y que, derivado de ello, acabó siendo suicidada contra su voluntad.

No soy valiente por contar lo que otros periodistas investigaron en aquellos tiempos y no pudieron publicar porque en ello les iba el tipo, porque fueron ellos los que, de barra en barra de bares, sonsacaron la información a matones de medio pelo con placas, unas policiales y otras de servicios secretos con licencia para matar.    

No soy valiente por narrar que un capitán de la Policía Armada fue utilizado de manera engañosa para organizar el amedrentamiento de una chiquilla y que luego, una vez que la cosa ya se había ido de las manos, pagó con su propia vida querer tirar de la manta para salvar su alma.

No soy valiente por afirmar que los servicios secretos pasaron deliberada y subrepticiamente al GRAPO el nombre de este capitán como objetivo prioritario para su eliminación, marcándolo como miembro de una plataforma de militares y policías  involucionistas. 

No soy valiente por, contando los datos disponibles, querer limpiar el honor de un taxista asesinado en Andoain el mismo año 1977 y por los mismos individuos que habían eliminado a Sandra Mozarowsky, cuya muerte quedó falsa e irremediablemente reflejada para la historia como colaborador de ETA.

No soy valiente por relatar que policías cloaqueros conocidos fusilaron con sus pistolas a los miembros del comando del GRAPO que habían atentado contra el capitán de la Policía Armada en 1977 para borrar rastros de la operación Mozarowsky. 

No soy valiente por narrar que una muchacha con un prometedor futuro por delante tuvo la mala suerte de cruzarse en su camino con un obseso sexual coronado, cuya irresponsabilidad penal para cualquier tipo de acto estaba recogida en la Constitución que él mismo había refrendado con su firma. 

No soy valiente por pensar que el entonces monarca todopoderoso comía, bebía y reía sin límite con morbosa frecuencia en el restaurante Zalacaín, ubicado precisamente en el mismo lugar donde la sangre de una niña abusada y un bastardo real había sido derramada.

No soy valiente por relacionar aquellos oscuros servicios secretos y policiales de la recién creada aparente democracia con las mismas instituciones de hoy en día, porque los métodos han cambiado poco, o mejor dicho, no han cambiado nada. Se utiliza dinero reservado para operaciones especiales en pagar a mujeres de dudosa reputación, unas para ser económicamente calladas, como en su día Suárez indicó que se hiciera con la niña Mozarowsky, y otras para ser pagadas por sus servicios al Estado después de haber guarreado con personajes diplomáticamente importantes a los que posteriormente se extorsionará. 

Y si es que el dinero no fuera suficiente para los silencios, como en el caso de Corinna Larsen, entonces no hay inconveniente que sea el propio jefe de los servicios secretos el que haga de braguetero real para intimidar, asustar, atemorizar, coaccionar, acobardar o amenazar a quien haga falta. Los servicios secretos españoles deberían ser desmantelados por completo igual que de cuando en cuando se hace con las alfombras. Y esto mismo debería hacerse con la policía, porque no son los currantes que se juegan la vida a diario con uniforme o de paisano los que comen del pastel, sino aquellos que, desde la jerarquía heredada, o incluso todavía mantenida, siguen campando por sus respetos a partir de la fuerza letal que les otorga su posición en el entramado podrido del Estado.

Tampoco soy valiente por aludir a que la fiscal Tagle murió porque era una molestia para el Estado, un Estado cuyas cloacas de Interior, sin necesidad de ocultarse, pactaban con ETA y no querían que nadie se pudiera interponer, y mucho menos alguien togado y con la fuerza de la fiscalía, que por aquellos tiempos todavía parecía independiente. Luis María Anson debería saber de estas cosas porque en el periódico que dirigía, ABC,  se anunció la orden de ejecución de la fiscal. Y también Pepe Navarro, a quien impidieron sacar este asunto en su programa a partir de las investigaciones del periodista Gregorio Roldán.

Y mucho menos soy valiente por tratar abiertamente del asesinato de Mario Biondo a pesar de que ya estemos hablando de malos en tiempo real. Hace poco una persona me preguntaba en redes sociales respecto a la posibilidad de que Santina Biondo, la madre de Mario, pudiera tener información de quién o por qué se acabó con la vida de su hijo. No lo sé, contesté, pero creo que sí que sabe lo que su pudor legal oculta, y de hecho, en un tweet publicado por ella en 2015, y dirigido a la viuda de su hijo, aportó con ironía una lista de nombres posibles para los gemelos de Sánchez Silva, entre los que se encontraba el de la persona que pudo ser el origen de toda la trama. 

Por supuesto tampoco soy valiente por ignorar las posibles acciones judiciales contra mis informaciones, porque si algo nos puede quedar a los periodistas canallas es el placer de saborear la justicia poética, aunque sea detrás de los barrotes. 

Valientes éticamente son el periodista Juan Carlos Ruiz y su periódico, Diario16, que no han tenido inconveniente, a partir de entrevistarme, en dar soporte público a informaciones que nunca debieran haberse ocultado, y menos por mantener a un rey, al Rey, ahora emérito pero igualmente rey, que en su discurso de Navidad del 24 de diciembre de 1977, exactamente 4 meses después de que Sandra Mozarowsky fuera forzada a caer al vacío por salvar un culo regio, se dirigió a la nación con las siguientes y descaradas palabras: “Por eso, cuando llegan fechas como éstas, echamos siempre una ojeada al camino y procuramos repasar las cuentas de lo que hemos hecho y de lo que queremos hacer en el futuro”.

No soy valiente, pero soy periodista. Y tampoco soy guapo, a pesar de que algunas personas, en su mayoría mujeres, antepusieran mi fisionomía a la gravedad de lo manifestado. Puede que tantos años ejerciendo contra realidades paralelas aporten a mi rostro rasgos de chico malo, pero eso ahora es lo de menos, lo que de verdad importa es que después de cuatro decenas y media de años, ya con todo más que prescrito para todos los intervinientes vivos en el caso Mozarowsky y derivados, el individuo emiratí Borbón vuela a Londres libremente para asistir al funeral real de la madre de otro pederasta y de su hermano, un nuevo rey con tantos trapos sucios a cuestas como el primo español de su madre. La endogamia real se protege.


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